miércoles, 10 de marzo de 2010

Nueve Semanas y Media

Se está vistiendo de nuevo, tras terminar de fregar los platos de la cena : un traje distinto, aunque de idéntico corte que el que se quitó hace dos horas, ahora gris oscuro en vez de azul oscuro. Una camisa limpia, azul pálido, gemela de la que yo llevo puesta, una corbata de seda gris con pequeñas motas rojo vino qúe forman dibujos en forma de diamante.
   -¿Me gustaría que hicieras una cosa antes de que me marche -dice.
Me conduce al dormitorio y dice :
   -Túmbate.
Me ata los tobillos al pie de la cama, la muñeca izquierda al cabezal. Se sienta en la cama a mi lado. Desliza la mano derecha por mi muslo derecho, me frota el hueso de la cadera con la palma de la mano, me cepilla la piel del estómago con esa parte de la mano con que los orientales de la televisión propinan golpes de karate. Deja un instante el pulgar sobre mi ombligo, presionando con infinita dulzura; después, desabrocha los dos botones de la camisa que yo llevaba abrochados y separa lentamente la tela a ambos lados. Las mangas de la chaqueta de su traje me rozan los pezones.
Mi respiración ha sido irregular desde que me ha dicho que me tumbara ; cada vez que me toca retengo el aliento. Respiro deprisa y superficialmente hasta que vuelve a tocarme. No puedo mantener la cabeza quieta sobre la almohada. Coge mi mano libre, la derecha. Sosteniéndola por la palma, sin dejar de mirarme, me chupa los dedos, uno por uno, hasta que gotean saliva. Me pone mi propia mano entre las piernas y dice:
   -Me gustaría ver cómo te tocas hasta correrte.
Está sentado cómoda y tranquilamente, con una pierna cruzada sobre la otra, las rayas de su traje, recién llegado del tinte, bien marcadas. No intento mover la mano. Espera.
   -No lo comprendes -mi voz suena cascada-. nunca...
Guarda silencio.
   -Nunca lo he hecho delante de alguien-. Me da vergüenza.
Coge el paquete de Winston de la mesilla. se lleva un cigarrillo a la boca, lo enciende, aspira ineptamente, bizqueando, lo pone entre mis labios. En seguida tengo que mover la mano para sostener el cigarrillo.
   -Le da vergüenza -repite. Su tono de voz es suave, sin el menor timbre burlón, y no hay rastro de enfado en lo que dice después.
   -Eres un poco tonta, ¿no? Todavía no te has enterado de qué va lo nuestro.
Sin tocar el cigarrillo, me quita el reloj de la muñeca libre.
   -Estaré de vuelta en un par de horas, a más tardar.
Apaga la lámpara de la mesilla, después la lámpara de la esquina y cierra sin ruido la puerta del dormitorio.

(…)

Abro la boca, me pone suavemente un dedo sobre los labios.
   -Escucha, así son las cosas entre nosotros. Mientras estés conmigo, harás lo que yo te diga. Mientras estés conmigo -repite simplemente, sinañadir gravedad-, harás lo que yo te diga.
Y, un instante después, disgustado :
   -Por el amor de Dios, ¿por qué tanto escándalo?
Y para terminar, como quien no quiere la cosa :
   -Podrías intentarlo otra vez. Si quieres, te traigo un poco de crema. Puedo bajar las luces.
   -Es lo único -digo, con la cara vuelta hacia la ventana-. Pídeme cualquier otra cosa y la haré.

(…)

Su cepillo en mi pelo, las lentas y seductoras caricias, el leve crujido eléctrico. Me doy la vuelta y me aferro a sus muslos. Estoy llorando aparatosamente, como una niña. Se queda muy quieto. Sus dos manos se posan en mi pelo, el cepillo ha caído en la alfombra.
   -El taxi llegará en cualquier momento -dice, y el portero llama en ese preciso instante. Levanto la voz:
   -No puedes. .
Su voz es inexpresiva en el teléfono interior.
   -Ten la amabilidad de decirle que ahora mismo bajo.
Y, dirigiéndose a mí:
   -Pensé que habías tomado una decisión.
Entonces, me arrodillo ante él, no para satisfacerle con la boca, como tantas otras veces,
sino abyecta, para suplicarle en un modo incoherente :
   -Cualquier cosa... por favor.
Y su voz de nuevo en el teléfono interior, sin inflexiones :
   -Dale cinco dólares, Ray, y dile que espere, muchas gracias.
Unos pasos, y cruza el recibidor, entra en el dormitorio y profiere un gruñido de matón :
   -Muy bien, entonces, hazlo, ahora.
Empuja mi cuerpo boca abajo, y siento en el cuello el roce del dobladillo de la falda. Se quita el anillo, que había sido de su padre, de la mano derecha ; lo tira sobre la cama ; me coge por la garganta con la mano izquierda; utiliza la mano, libre ya del anillo, para abofetearme el rostro, la palma en la mejilla izquierda, el dorso en la derecha, la palma de nuevo en la izquierda.
   -Muy bien, vamos a ver cómo lo haces.
Me mete mi propia mano en la boca.
   -Dale facilidades, bien mojadita.
Y, con el más suave tono de voz, susurra :
   -Te ayudaré un poco, querida, va a ser muy fácil.
Mis muslos se abren, sube el calor bajo su lengua y sólo registro un ligero cambio cuando levanta la cabeza : pone mi mano en ese lugar donde algo que me es tan familiar y contra lo cual no quiero luchar, ha empezado ya y donde mis dedos índice y medio empiezan a deslizarse hacia abajo, como siempre ; y me corro.
   -Me ha encantado -dice-. Me encanta mirarte la cara. Estás tan extraordinaria cuando te corres, dejas de ser guapa y te transformas en una cosa voraz, con la boca abierta casi hasta desgarrarse.
Y, otra vez, en el recibidor, le oigo decir :
   -Dale otros cinco, Ray, y dile que se marche.
Nada me había preparado. Hacía unos años había leído La historia de 0 intrigada al principio, horrorizada a las pocas páginas y asqueada mucho antes del final. Los sadomasoquistas de la vida real eran monstruos, de cuero negro, tontos y divertidos en sus ridículos atavíos. Si alguna amiga, alguien como yo, me hubiera dicho que se hacía atar a la pata de una mesa cuando llegaba a casa tras un día de trabajo en la oficina... Bueno, nunca ha ocurrido. Sólo Dios sabe que no la habría creído.

Nueve Semanas y Media
Elizabeth Mcneill

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Sugerente extracto de una gran novela erotica

JEFA_Mad dijo...

Sólo quien presencia ese momento tan "íntimo" y sólo quien lo realiza mirando a los ojos de quien se lo provoca y ordena.... puede sentir el escalofrío que recorre el cuerpo, placer, morbo, deseo..... entrega ........poder!
Querer abrir ventanas significa entrenamiento, romper barreras significa entregarse........ no levantar nunca jamás muros significa pertenecer......
Arrodillarse, bajar la mirada, asentir con un gesto de cabeza…….. sonreír mordiéndose la comisura de los labios……querer!!!!!
Te entregas, perteneces, quieres………… sin trampas!!!!

perla{} dijo...

Anónimo... me alegro que le haya gustado!! A mí me encantó el libro, aunque la película me decepcionó!!

mi Señora... "Querer abrir ventanas significa entrenamiento, romper barreras significa entregarse........ no levantar nunca jamás muros significa pertenecer......" no puedo decir nada más...

Marta R dijo...

Es uno de los extractos del libro que más me gustan, ya que demuestran el grado de entrega de ella hacia él.

Cuando alguien cede sus principios de esa manera, a mí me emociona.

Besitos princesita, y ahora sí, mis respetos a tus Señores.

JEFA_Mad dijo...

Buenos días:
Señora Marta R, gracias por sus palabras.
Precisamente hace unos días comentábamos que se la echaba de menos por estos lares, y por el espacio de nuestra perla.
Nos alegra mucho, volver a leerla tanto a usted como a sus sumisas y sumiso.
Saludos.

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